La mayor velocidad en sprint de un humano está registrada en 44,72 km/h. Usain Bolt batió este récord en el Campeonato Mundial de Atletismo de Berlín en el año 2009. Un humano promedio alcanza 22 km/h. La diferencia es del doble de velocidad en kilómetros por hora corriendo en sprint. El récord de cálculo mental está en los 0,31 y 0,37 segundos por operación compleja, una persona promedio no entrenada en cálculo mental emplea de 2 a 10 segundos para realizar operaciones simples. La diferencia entre el récord mundial y el promedio está entre las 5 y 20 veces.
Estos son solo dos ejemplos de la multitud de habilidades y capacidades humanas que se pueden poner en comparación, entre el caso récord y el promedio de personas que las ejecutan. Por tanto, tomé dichos ejemplos con el objetivo de mostrar las proporciones que subyacen a las diferencias corporales o intelectuales, que no parten ni de las potencialidades naturales de los cuerpos, ni de lo que naturalmente se puede conseguir con entrenamiento. Pero hay otras diferencias, las financieras, de ingreso y acumulación de capital, donde las proporciones de rendimiento físico o intelectual se rompen por completo. Así, cuando se trata de comparar las diferencias en la acumulación de la riqueza, estas no siguen una proporción de 1 a 2, 2 a 5, e inclusive 1 a 20, como en los ejemplos citados anteriormente; aquí, las diferencias son mucho más abruptas, por lo que dejan de ser diferencias naturales: es cuando comenzamos a hablar, más bien, de desigualdades.

Por ejemplo, El CEO (Chief executive Officer) de una gran empresa en América Latina puede obtener entre 5 y 15 millones de dólares al año; y en empresas internacionales de mayor tamaño consiguen entre 30 y 50 millones anualmente. El salario básico medio en América Latina está entre los 300 y 600 dólares y en Europa se ubica entre 1200 y 1800 Euros. En cualquiera de los casos, si comparamos la cifra de 15000 Dólares al año que puede captar en total un trabajador en América Latina o Europa (con las diferencias que representa en cuanto a nivel adquisitivo) con la cifra de unos 10 millones anuales de un CEO, la diferencia es de más de 660 veces la cantidad de dinero percibido en promedio. Por otro lado, la acumulación de riquezas a nivel mundial ofrece cifras que acompasan los desequilibrios sistémicos en las empresas: el 1% de la población concentra entre el 45 y 50% de la riqueza. El 10% de la población más rica, incluyendo al 1%, concentra entre el 75 y 85%; mientras que el 40% siguiente tiene acceso a la cota de entre el 10 y el 15%. Finalmente, el 50% más pobre apenas posee entre el 5 y el 10%.
La comparación entre nuestras diferencias naturales supone admitir que la velocidad entre alguien como yo y Usain Bolt puede ser más del doble. Sin embargo, si nos remontamos a la diferencia entre la cantidad de salario que puedo percibir en un mes con relación a la cantidad que acumula un CEO en el mismo periodo, esta ronda las 600 y 700 veces. De aquí se deriva una desproporción radical entre las diferencias que se dan naturalmente y las recompensas sociales que llevan asociadas con los procesos de concentración de capital, que no tienen una equivalencia natural, dicho de otro modo, son contra natura. Con contra natura me refiero a que las desigualdades financieras se hallan fuera de la proporción diferencial que un cuerpo humano, sea física o intelectualmente, pueda tener con respecto a otro cuerpo humano, dentro de los límites naturales.
Entonces, ¿cómo se justifican las diferencias sobre la propiedad del dinero en relación con las capacidades naturales de las que los sujetos se pueden valer para crear riqueza? Esta pregunta nos obliga a pasar por la filosofía de Jean Jackes Rousseau, quien, en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, plantea la tendencia natural humana a la igualdad. No pocas veces este texto de Rousseau ha sido malinterpretado, desde marcados sesgos ideológicos con perspectiva política y económica. De mi lectura se desprende que el autor no concibe la igualdad como un principio abstracto o una noción artificiosa, cuyo objeto sea igualar a los individuos por la fuerza. Considero que para Rousseau no hay una igualdad que restaure un supuesto equilibrio natural, sino más bien él abogaría por una igualdad que no excluye el surgimiento de diferencias en virtud de individualidades naturales. Desde esta perspectiva no se impone un sujeto monótono y uniforme. La naturaleza humana y el carácter de las relaciones sociales, de hecho, visibilizan pequeñas diferencias que los individuos ponen en común. Rousseau manifiesta que solo por la vanidad de los individuos más destacados y prodigiosos, y por la envidia de otros, surgen esos conflictos que alteran el curso de la vida social en el estado de naturaleza.
Cuando Rousseau sitúa estas diferencias como indicios de pasiones de vanidad, egoísmo o envidia, no se está refiriendo tanto al carácter de las diferencias en sí mismas como a la interpretación que las sociedades hacen de estas. Las desigualdades no surgen de las diferencias naturales, sino de valoraciones sociales con repercusión en lo político. Entonces, las sociedades humanas, atrapadas en sus propios conflictos, terminan otorgándole mayor valor a ciertas diferencias naturales en relación con otras, lo que deriva en una exacerbación de las diferencias, más allá de buscar equilibrios entre lo que la naturaleza da a cada uno en función de sus habilidades y lo que todos necesitan como grupo. Por tanto, las desigualdades que surgen en sociedad vendrían a ser distinciones artificiales que, en ningún caso, traducen las particularidades que por naturaleza tiene cada individuo. Las diferencias establecidas socialmente son privilegios que terminan derivando en ficciones políticas –de poder más que de justicia–.
Durante los últimos dos lustros, el economista francés Thomas Piketty se ha dedicado a elaborar un vasto, exhaustivo y rigurosos análisis sobre la evolución de las desigualdades en el capitalismo. Muestra que el momento de mayor equidad en la distribución de la riqueza se produjo a partir de los años cincuenta del siglo pasado, pero, en la actualidad, se ha batido un récord que supera a las desigualdades del siglo XIX, ya que el 1% de la población concentra el 50% de la riqueza. Esta concentración de capital –podríamos decir “antinatural”– comporta unos desequilibrios sociales que indefectiblemente implica conflictos. Hoy en día, el desarrollo tecnológico, la forma de las relaciones sociales y la formación de la individualidad son muy distintos a los que hubo entre la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX. En este pasado los centros urbanos industriales de los países occidentales comenzaron a recibir un mayor número de población procedente de áreas rurales, se trataba de personas provenientes de sectores agroganaderos dispersos, todos ellos henchidos de concepciones culturales y costumbres de tradición feudal. Los sujetos actualmente están expuestos a complejidades extrínsecas al sistema e intrínsecas a concepciones de mundo muy diferentes. A ello no solo contribuyen las tecnologías, que permiten una mayor productividad y comunicaciones remotas, sino también el efecto que causan los derechos y libertades extendidos durante el pasado siglo, así como la forma en que los regímenes políticos del presente vertebran un pacto social medianamente más inclusivo, implícito tanto en comportamientos, mentalidades y cosmovisiones

Si en algún momento se pretendiere retomar índices de equidad más próximos a los que se produjeron en el pasado siglo XX, las políticas deberían variar, puesto que hoy en día la humanidad se sitúa ante múltiples desafíos. Entre estos desafíos, al menos cabe indicar: el carácter prescindible de la mano de obra humana, merced a la mecanización industrial y la inteligencia artificial; la producción de Big Data como un activo financiero; el poder de devastación que alcanzan las tecnologías, lo que aumenta el riesgo ante conflictos armados globales y el uso abusivo en la sustracción de recursos naturales, poniendo en peligro al medioambiente.
En este escenario global de desigualdades galopantes la predisposición al conflicto es más latente, desde grupos reducidos de humanos hasta alianzas de estados; porque las desigualdades son el resultado político y no-natural de unas diferencias exacerbadas por las relaciones sociales, en nuestro contexto, determinadas en gran medida por intereses exclusivamente financieros. Ante este horizonte tenso y beligerante, urge que los distintos grupos humanos dispersos en el planeta miren al interior de sus sociedades en busca de una redefinición de la convivencia. Toda predisposición a ello –según mi entender– comienza en relación con los ejemplos que situé al comienzo: reconociendo que nuestras diferencias naturales no nos hacen tan distantes como sí lo hace el proceso de concentración de la riqueza. Quizás, desde este reconocimiento, es posible dar cuenta de los desequilibrios que el sistema financiero ha generado y, a saber, puedan posibilitarse formas de coexistencia global más justas. Que una persona corra el doble que otra no significa hoy en día una mayor predisposición a la supervivencia, pues nuestras sociedades, al menos en el esquema de lo posible, pueden proveernos de unos mínimos vitales. Lo que sí puede menoscabar el acceso a los recursos y medios para subsistir son los procesos económicos de acumulación de la riqueza, enmascarados por sesgos políticos todavía hoy irrevocables.
