FRAGMENTOS FILOSÓFICOS
Los afectos no te pertenecen: apuntes para una ontología de los afectos

Solemos identificar los sentimientos con las personas. Le atribuimos una individualidad a la forma en que los sujetos son afectados o se dejan afectar por las cosas. Cuando hablamos acerca de un afecto, o de una emoción mediante la cual verbalizamos una intensidad de sentimiento, los identificamos con alguien que siente. Así, relacionamos la expresión sentimental con los estados mentales y la condición psicológica de alguien. Hacemos de los individuos propietarios de sus afectos; para ello, utilizamos expresiones como: tiene empatía, tiene rencor, tiene morriña. A veces nos dirigimos a los afectos como algo que siente el sujeto en el momento: siente tristeza, siente alegría, siente zozobra. Otras, hablamos de los afectos como si brotaran de un psiquismo que albergara un mecanismo reactivo: está avergonzado, está enfadado, está eufórico. Por último, suponemos que un afecto transfiere un estado de ánimo particular, compartiéndose con la experiencia del otro, como si el afecto fuera algo dable: da amor, da pena, da repulsión.
Nuestro lenguaje habla de diversas formas de los afectos, por eso creemos saber qué son y, en cada momento, a quién pertenecen o quién los porta. Creemos tener los afectos porque cuando se manifiestan pensamos poseerlos, aunque no siempre los controlemos. De hecho, hay más de un curso de coaching para aprender a dominarlos mediante técnicas de gestión emocional. Estos cursos están plagados de ejercicios de respiración, pautas de reacción y todo tipo de técnicas mentales para autorregularse. En ellos el «sujeto psicológico» se encarama como administrador de las intensidades afectivas que atraviesa. Precisamente, en este enfoque psicologista radica la trampa actual del individualismo: se suplanta a los afectos por la evidencia emocional y se convierte al individuo en dueño y señor de los afectos, al ser tratados como representaciones de uno mismo. Esta operación se remonta al tratamiento cartesiano de las pasiones, aunque es muy posible que hoy en día el psicologismo individualista ni siquiera reconozca tal procedencia.
El economista y sociólogo francés Frédéric Lordon advierte que el llamado «giro afectivo» de las ciencias sociales afronta el peligro de reducirse al psicologismo individualista. Más concretamente, plantea que el tratamiento teórico-social de los afectos corre el riesgo de convertirse en una inspección de las emociones individuales. Si se produjera esta deriva, posiblemente, las ciencias sociales quedarían relegadas a la producción de meros manuales de autoayuda —dejarían de ser ciencias como tales—. Lordon, fiel a su concepción spinozista de los afectos y al estilo teórico estructuralista, se embarca en la elaboración de un estructuralismo de los afectos. En él, da cuenta de que pasiones y emociones son estados afectivos que responden a realidades sociales, políticas y económicas, en la medida en que las correlaciones de poder parten de la capacidad de afectar a las multitudes. Así, las instituciones tienen un origen afectivo. Dentro del proyecto de Lordon no cabría, por tanto, un psicologismo de los afectos, ni mucho menos un tratamiento terapéutico individualizado de la emoción. El afecto es social, no pertenece propiamente a ninguna persona, ni ha de identificarse con estados mentales o maneras de comportarse.
El enfoque de Lordon puede resultar contraintuitivo y, a la vez, reducirse coherentemente cuando examinamos nuestra afectividad: no todos sentimos igual, tenemos nuestras particularidades, pero podemos referirnos a los afectos que sentimos e interpretarlos en los otros, o hacer que otros los interpreten en nosotros.

Solo con ver la cara de otra persona podemos adivinar un afecto. Si yo siento tristeza, no estoy siendo afectado por algo exclusivo, en la medida en que todos pueden sentirla y reconocerla. A veces, manifestamos tristeza conscientemente, por lo que expresamos un código emocional de transmisión; otras, nos la descubren, aunque nos esmeremos en ocultarla; aquí el código lo expresamos sin darnos cuenta, como si estuviéramos hablando en sueños.
El Merleau-Ponty de la Fenomenología de la percepción aclara la inaccesibilidad perceptiva a estados de conciencia o sentimientos; solo las expresiones corporales nos dejan intuir qué pueden estar sintiendo o pensando los demás. La conciencia es irreductible a la sensibilidad, pero el cuerpo puede delatarla. Nuestro cuerpo es lo que perciben los otros de nosotros, está abierto al mundo de la percepción, aunque su contenido interior, a saber, la subjetividad, resulte imperceptible. Ni siquiera uno mismo puede estar seguro de ese contenido subjetivo que cree tener. Por mucho que me mire al espejo, no veo mi conciencia, nadie la ve. En ocasiones, por cierto, es un arte jugar a despistar mediante gestos y, de manera más general, la compostura corporal contribuye a guardar las apariencias. Si introducimos la afectividad dentro de este esquema fenomenológico, obtendremos un resultado bastante disruptivo: podemos sentir, con diversidad de intensidades, cosas que los otros también pueden sentir; pero no tenemos acceso directo a los sentimientos de los otros ni podemos estar seguros de lo que sienten. Entonces, el cuerpo, su expresividad, es la muestra de confianza que nos vincula y preserva dentro del circuito afectivo. No sabemos muy bien cómo somos afectados y, sin embargo, entablamos relaciones entre nosotros. Nos dejamos afectar o nos vemos afectados sin reflexión previa sobre cómo hemos llegado a sentir un afecto determinado.
En consecuencia con lo anterior, veo cómo trato de comprender mis afectos, pero, por ejemplo, ¿cómo puedo saber qué es la ira? ¿Esta es natural a mi temperamento o acaso la he aprendido; quizá la expreso imitando a otros? ¿Y si nunca experimenté ira, pudiera ser que la comprendiera por medio de expresiones artísticas y solo por eso sé qué es? La ira aparece como un universal de nuestra cultura —pregúntenle si no a Sloterdijk y a Doyle—. Aquiles sintió ira cuando mataron a Patroclo; no es mi ira, sino la forma en que me imagino que se siente un héroe de la épica cuando la expresa. Esa imaginación está vehiculada por una lírica, es decir, por una expresión artística. La ira emerge en afecto comunitario por medio de la elaboración sociocultural; esta envuelve los sentimientos de una colectividad con códigos de expresión compartidos. Esta ira no se reduce solo a un formato artístico, es algo más: un afecto hecho narrativa, identidad de un sentimiento común, mimetizable a través de una figura que lo ejemplifica y, por tanto, susceptible de interpretación. De esta forma, los afectos reposan en un plexo inapropiable y somos los individuos los que atravesamos los afectos, más que aprehenderlos. Al igual que la cultura, que no pertenece a nadie como tal, los afectos articulan una red de frecuencias por las que se despliegan nuestros sentimientos, ante los que nos vemos embargados.

La propia sociedad, como mediación cultural e institucional de la vida, modula esas intensidades de sentimiento que son las frecuencias afectivas. ¿Cómo las modula? Mediante segmentos codificados a través de los que expresamos emociones. Defino emoción como la intensidad modulada de un segmento afectivo. Entonces, en una emoción va implícito un código de expresión, el cual difiere socialmente de la intensidad afectiva a la que subyacemos cuando nos vemos embargados por un sentimiento. Precisamente, una emoción que se expresa fuera de lo que tomamos como «normal» está fuera del código de registro y, consecuentemente, necesitaría nueva regulación o recodificación.
Las ciencias sociales aplicadas, especialmente la psicología social, ya juegan un papel crucial a la hora de elaborar los mecanismos con que controlar emocionalmente los flujos multitudinarios. Primero, se aísla a la persona como individuo: lo emocional es tratado como una cuestión individual y no como una codificación social de los afectos; aquí el grupo juega el papel de «apoyo» al individuo, por lo que lo social queda relegado, al no ubicarse en el epicentro desde el que emergen los códigos afectivos en cuanto emociones. El colectivo deja de considerarse como la agencia creadora por la que circulan las composiciones de afectos en diversas combinaciones posibles. Segundo, se oculta la fuerza creadora de los afectos, situándolos como el resultado del hábito emocional del sujeto; la ciencia, una vez más, hace pasar el efecto por la causa —como explicaba Nietzsche en su crítica a la ciencia moderna—.
Y tercero, se reconfiguran las codificaciones de los afectos merced al mercado, donde los individuos reproducen emociones rentables, lo que implica la producción y el consumo masivo de datos cuyos códigos segmentan afectos para el direccionamiento de la opinión y el control multitudinario, dentro, además, de una tecnología de conexiones establecidas en la virtualidad digital.
Con arreglo a lo anterior, cabe cuestionarse: ¿Por qué urge la elaboración de una ontología de los afectos? Porque conviene reconocerlos fuera del alcance del individuo y situarlos alrededor de los circuitos donde oscilan nuestros sentimientos. De este planteamiento, se derivan tres conclusiones:
- Cabe reivindicar una ontología que postule la no apropiación de los afectos, forma de salvar el giro afectivo de las ciencias sociales de operar conforme a la mercantilización de las emociones. Considerar las emociones representaciones individualizadas es una coartada para culpabilizar a los sujetos de lo que sienten y direccionar su deseo. Es más fácil generar supuestos objetos de deseo individualizados. El aislamiento de los individuos conlleva una expiación secular merced al sistema productivo-deseante. En última instancia, se logra capturar la subjetividad de un colectivo sin apelar a él, pues las emociones son intencionalmente concebidas como expresiones de sentimiento de posesión individual y no como segmentaciones generadas por códigos sociales que emergen de conexiones afectivas previas a la construcción de la individualidad.
- Mediante una ontología de los afectos es posible analizar la estructura social que mueve a las multitudes en las correlaciones políticas. Entender lo afectivo como un elemento instituyente de lo político supone admitir la condición volátil de la política y el carácter, a veces dúctil y otras rígido, de las sociedades. Esta interpretación de los afectos no anula la racionalidad política; al contrario, exige entender las razones por las que se envilece o fortalece la potencia de actuar de las multitudes, en función de las composiciones afectivas que movilizan el ánimo colectivo.
- Precisamente, la racionalidad política se remonta al origen afectivo de las instituciones. Hay un anclaje fundacional afectivo en la institucionalidad; comprender las composiciones de afectos que subyacen a las estructuras de gobierno implica dar cuenta de su razón de ser.
Por tanto, desde la ontología de los afectos se apunta cabalmente a la inmanencia de la vida humana en la dimensión de la afectividad, como centro originario de los vínculos sociales. Por ende, las construcciones colectivas están atravesadas por flujos de fuerzas variables y, para el caso particular de los afectos, estos articulan un circuito de frecuencias de sentimientos con intensidades heterogéneas, donde se actualizan las relaciones sociopolíticas. Dichas frecuencias van enhebrando una historia de las instituciones, que permitiría comprender tanto las imágenes subjetivas de la colectividad como las de la individualidad. Esto posibilitaría rastrear el origen afectivo de un sistema político
