FRAGMENTOS FILOSÓFICOS
Cuando opinar vale más que buscar la verdad: ¿por qué volver a Sócrates?

Recuerdo nítidamente cuáles fueron las primeras preocupaciones que la filosofía inculcó en mí, cuando apenas era un estudiante de bachillerato iniciado en esta disciplina del pensamiento: la contraposición entre la convención y la razón, es decir, entre las cosas aceptadas por la mayoría sin mucha exigencia crítica y la búsqueda de la verdad como acción intelectual. Muy a tenor del currículo de la asignatura de filosofía, el problema de Sócrates con sus coterráneos atenienses era, a todas luces, un asunto que debía ser vislumbrado para que –supongo– los estudiantes pudiéramos contrastar entre las imposiciones de la opinión mayoritaria, el pensamiento convencional, y la búsqueda racional de la verdad, el ejercicio intelectual. O al menos es así como mi profesor de filosofía de ese entonces enfocó la cuestión.
Es obvio que esta contextualización histórica preparaba el terreno para que aquellos novicios en filosofía tomaran una postura favorable a la racionalidad, es decir, a la búsqueda de la verdad mediante el intelecto frente a dejarse arrastrar por opiniones convencionales o mayoritarias. Sócrates asumió esta tarea y el valor que cobra la intelectualidad frente al juicio fácil, a opinar como todos los demás bien por temor bien por simple facilismo; este intelectualismo, además, está conectado con una forma de actuar moral. La figura de Sócrates aquí se volvía ejemplar, pues fue él quien confrontó el pensamiento convencional de la democracia ateniense. No concebía la sabiduría como una exhibición retórica frente a las multitudes, algo a lo que los sofistas habían acostumbrado a los políticos en Atenas. Frente a la lucidez estética del discurso, Sócrates anteponía la correspondencia de los argumentos con la realidad de las cosas que pretendía definir. Desde esta perspectiva, el planteamiento del ateniense resultaba implacable para los estudiantes, pues aparecía, en la adaptación filosófica del problema que acaeció entre el filósofo y el régimen democrático, como el verdadero sabio frente a quienes jugaban con las palabras para encantar a las multitudes. Pero lo que a nivel pedagógico podía funcionar para la comprensión de Sócrates, entraña una complejidad mayor a la que la filosofía política nunca ha sido ajena.
Hoy en día, en un contexto social donde las tecnologías digitales se encuentran en plena emergencia, las comunicaciones se producen en lapsos de tiempo instantáneos, la velocidad a la que se propagan los datos resulta casi inconmensurable y el acceso a diversos medios para comunicarse se prolonga en un mercado de múltiples plataformas y proveedores. En lo que se refiere al modo en que se afrontan los acontecimientos políticos en las redes sociales, donde los individuos emiten discursos por escrito o en formatos audiovisuales sin muchas reservas, se observa un espacio de intercambio y, a menudo, de libre expresión, sí, pero también se aprecian actitudes en torno a temas políticos donde prima la ofensa verbal y la contienda meramente emocional, sin espacio para la reflexión y la deliberación. El intento de obtener la razón mediante el descrédito del otro y el apoyo de muchos se hace visible en las redes, siempre a merced de la captación o el distanciamiento con las opiniones de los demás, quienes, asimismo, apoyan o rechazan una opinión con discursos resonantes, también mediante memes, insultos, un Like, o simplemente un emoticono.

No he podido evitar imaginarme a los atenienses del siglo V a.C. en la Eclesía lanzándose oprobios, acusaciones, burlas a partidarios de uno u otro político, etc. Ese foro que aglutinaba a todos los varones libres, ciudadanos atenienses y mayores de edad, debía ser un lugar que en algún momento convertiría la experiencia democrática en algo turbulento, trabado, sin fondo racional. Afortunadamente una gran mayoría de individuos que se citan en las redes sociales para practicar esta “libertad de expresión” desenfrenada –habría que llamarla más propiamente “libertad de insulto”– no toman decisiones políticas de forma directa como sucedía en la Eclesía. De todos modos, el voto está al alcance de todos, quienes participan en las redes y quienes están lejos de ellas, sin embargo, lo que en ellas sucede sí tiene capacidad de afectación en las decisiones electorales de las multitudes.
Sin desmerecer el valor que tienen los afectos y las emociones en la vida social humana, cabe catalogar los vaivenes del debate político actual como sobrecargados de emotividad; de hecho, los discursos políticos apuntan a manejar los afectos del público con el fin de encaramar acríticamente un relato, en vez de ofrecer razones suficientes para validarlo. Tendemos a filtrar la información que recibimos primero con el afecto, para, más adelante y con mayor distancia, reconstruir los datos mediante razones mejor fundamentadas. En un mundo donde la información fluye en cascada y todo discurso se presenta como novedoso, la reconstrucción racional de los discursos adolece por la falta de tiempo que los sujetos tienen para ello. No hay distancia con los discursos políticos, las noticias y las opiniones nos sumergen en un mundo que derrocha actualidad, pero que rara vez nos invita a evaluarla.
En un mundo donde la información fluye en cascada y todo discurso se presenta como novedoso, la reconstrucción racional de los discursos adolece por la falta de tiempo que los sujetos tienen para ello. No hay distancia con los discursos políticos, las noticias y las opiniones nos sumergen en un mundo que derrocha actualidad, pero que rara vez nos invita a evaluarla.
En estas circunstancias, el “punto de vista” exige ser reconocido y reclama un mismo valor con respecto a otros puntos de vista. Esto hace inconmensurable la opinión para el análisis crítico, porque siempre los portadores de puntos de vista exigen ser tomados por igual, ponerse en su lugar y admitirlos por el hecho de opinar desde una perspectiva es el paso afectivo exigido sin aviso previo. Esto obstruye cualquier intento por siquiera poner en cuestión el punto de partida de una opinión, mucho menos de valorarla o tratar de situarla en una escala de veracidad. Estas maniobras demagógicas envilecen la legítima búsqueda de la verdad.
Asimismo, indagar para poner puntos de vista en común y valorarlos desde el razonamiento dialógico es una práctica que interrumpe los ritmos de los ciudadanos actuales, atravesados por entornos virtuales en los que rige la inmediatez. A lo mejor por esto mismo la reflexión y la discusión deliberativa aparecen como una amenaza en la actualidad. La aceleración de los flujos de opinión y la información que se hace pasar por verdadera exige individuos sin tiempo para pensar y deliberar; individuos que afectivamente han reconocido cualquier punto de vista como igual, pero que se toman el permiso de demoler emocionalmente cualquier discurso que no se ajuste a su sistema de afectos.
Mediante la hiperaceleración de la virtualidad, el paso de una información a otra solo con arrastrar el dedo sobre una pantalla socava el tiempo de la deliberación, la reflexión y la crítica, imposibilitando que cuestionemos la veracidad de lo que aparece en esa superficie tecnológica, sea imagen, texto, sonido, etc. Ni siquiera dejamos un lapso para confiar o desconfiar, fundar certezas, aunque sea con modesto rigor. Es en este punto donde se renueva la ignorancia socrática: en las redes digitales concluimos que nada sabemos. Quizá porque ya no estén configuradas para saber; en el peor de los casos porque en ellas el espectáculo de la vanidad resulta más rentable.
Además de la humildad con que Sócrates reconocía su ignorancia frente a quienes en su tiempo creían saberlo todo, sin un fundamento más allá de la opinión propia o la de los otros, también es necesario reconocer que la aspiración a saber nos acompaña a todos. Para construir un saber hace falta una verdad, pero la posverdad la disuelve. El tiempo de la posverdad impone una actitud indiferente ante el saber, lo que implica una completa indiferencia ante la verdad. Esto no quiere decir que tengamos que adoptar un dogmatismo, ya que habitualmente este se vuelve imposición. Puede haber posiciones filosóficas –como de hecho las hay– que sean adecuadas para regular nuestra aspiración a la verdad. Los riesgos que trae el régimen de la posverdad no solo devienen en contra de la institucionalidad deliberativa que debe caracterizar a toda democracia sana, sino también a la manera en que la confrontación entre grupos que participan en las votaciones cada cierto año crea regímenes dogmáticos internos, que obstruyen toda forma de debate deliberativo y reflexión. Los impulsos afectivos se vuelven, indefectiblemente, en un producto con el que el marketing político de las emociones amenaza con volver los cálculos de poder en conducta normal, sin ley e institucionalidad que establezca límites claros.
Cabe concluir que reconocer nuestra ignorancia no es celebrar un adagio a la simplicidad del que no se preocupa por saber, ni rendirle homenaje a la estupidez. En medio de tiempos difíciles para la verdad y atenazados por los quiebres que trae la posverdad una ignorancia celebrada nos condena; de hecho, hoy en día hasta mostrar el desconocimiento puede traer likes y vítores en Internet. Pero no es esta la ignorancia acompañada de chabacanería y chanza la que pueda ayudar a revitalizar nuestras maltrechas democracias, sino una ignorancia de la que emerja una aspiración a saber, que reivindique el intelecto como posibilidad de avizorar verdades, si tan solo vale para posicionar a quien no se quiere dejar engañar, habrá triunfado por un momento la moral del intelecto.