
En 2019, El Roto expuso en el Museo del Prado una colección de dibujos; entre ellos se encuentra El Filósofo. Tratándose de un artista conocido por su ironía y crítica social, la imagen exige una lectura que no pase por alto su dimensión satírica.
El dibujo muestra al filósofo encima de unos palos que se extienden como si fueran una prolongación de sus piernas. Está de espaldas, caminando con las manos en los bolsillos, sin mirar abajo. A lo lejos, casi en el horizonte, se distinguen una casita y unas montañas. El filósofo se encuentra en la mitad, como si ocupase el punto del equilibrio interpretativo que se abre entre la técnica y la naturaleza. Pero también podría decirse que simplemente camina suspendido entre el suelo que no pisa y el horizonte al que quizás nunca llegue.
La primera interpretación, casi inevitable, reproduce el estereotipo: el filósofo como una figura apartada del mundo, ensimismada y distante de la vida cotidiana. Desde esa perspectiva, se ve a un filósofo alejado de lo inmediato y confinado a la soledad de las ideas. Y pareciera que el dibujo refuerza esa idea. Sin embargo, un detalle complica esta lectura: no se aparta del mundo, forma parte de él, camina hacia él, como el Zaratustra que desciende de la montaña para acercarse al hombre. Lentamente, con las manos en los bolsillos, pero su gesto muestra la voluntad de proximidad.
Las manos en los bolsillos sugieren dos lecturas que, en apariencia, se contradicen. Por un lado, nos hace pensar en una especie de contemplación desinteresada, como si el filósofo no necesitara intervenir en la realidad para comprenderla, como si bastara con observarla. Esto nos lleva a la vieja división en la tradición filosófica entre quienes dan preferencia a la theoría y quienes centran la atención en la praxis.
Desde esta perspectiva, el filósofo avanza sin prisa y permanece al margen de una sociedad acelerada que exige resultados inmediatos y sitúa la productividad por encima del ejercicio mismo del pensar. Tampoco se trata de idealizar la lentitud, como ocurre, por ejemplo, con la cultura slow que la presenta como un remedio ante el agotamiento social, sino de preguntarnos filosóficamente sobre el sentido de avanzar sin prisa en tiempos acelerados.
Por otro lado, esas manos que nada exhiben pueden leerse como un gesto de renuncia: un filósofo que ha cedido mientras el mundo se precipita. En tiempos de crisis social y política, la lentitud no siempre puede ser considerada una virtud; a veces se mezcla con la complacencia. Un estancamiento contemplativo del cual el filósofo también es responsable. Porque, al fin y al cabo, la neutralidad filosófica no existe. Callarse también es una posición política, aunque esté cubierta por la prudencia.

El filósofo no camina sobre zancos tradicionales y esta distinción es importante. Los zancos se utilizan intencionalmente para elevarse, para distanciarse de la realidad y obtener una visión privilegiada. Pero los zancos en las piernas del filósofo sugieren otra cosa: se han vuelto una conexión con la realidad misma, una forma de moverse en ella sin abandonarla. Esas prótesis son orgánicas, como si fuera el método con el que se acerca al mundo, con el que lo lee y lo comprende. El filósofo está conectado al mundo, aunque mediado por sus conceptos y por su Weltanschauung.
Esta lectura debe confrontarse con una más severa: ¿y si las extensiones son justamente aquello que separa al filósofo del suelo, lo que lo condena a no tocar la tierra y a no comprender lo que ocurre en ella? ¿Y si la imagen satiriza la pretensión filosófica de caminar sobre la realidad en lugar de en ella, o, más bien, muestra la innecesariedad de alguien que no se mezcla con el mundo ni aporta a él? Después de todo, los zancos son instrumentos artesanales a los que cuesta acomodarse pero que, una vez habituado, pueden convertirse en la casa o en la cárcel del filósofo. Siempre mediado por ellos, por esas prótesis conceptuales con las cuales se aproxima al mundo.
La figura del filósofo nómada difiere radicalmente de la del sedentario, ese que vive en la torre y que de vez en cuando saca la cabeza por la ventana para ver el mundo. Aunque ambas figuras tienen una larga tradición en la historia de la filosofía, nadie imaginó a un filósofo que caminara sobre zancos, como si fuera una virtud, sino sobre el suelo.
La casita y las montañas en el horizonte añaden otro significado. El filósofo podría estar buscando un lugar en el mundo, pero no parece tener prisa. “La paciencia, y no la prisa, es una característica del filósofo”, decía Ortega y Gasset. Es alguien que camina libremente. Pero ¿esta libertad es genuina o más bien es desorientación? El filósofo camina mientras otros cultivan el campo, construyen casas y transforman la naturaleza.
En una época en que el llamado a la acción parece urgente ¿qué significa caminar lentamente, con las manos en los bolsillos, sin tocar el suelo? ¿No es esa supuesta “libertad radical” una forma de evasión? ¿Apelar a la lentitud no parece más la coartada del filósofo que aplaza, una vez más, su compromiso con el mundo?
El Roto no tiene la intención de resolver estas preguntas, sino de plantearlas. El filósofo no está completamente desconectado del mundo: camina hacia el mundo, pero nos da la espalda. Esconde sus manos en los bolsillos. No se sabe con claridad si muestra la necesidad del filósofo, esa distancia crítica que permite ver con precisión aquello que otros oscurecen, o si, por el contrario, es una sátira de su anacronismo, de su apuesta por la distancia frente a una realidad que pide respuestas.
Quizás sea el drama y la comedia de la existencia filosófica lo que El Roto ha tratado de exponer. El filósofo necesita de extensiones, pero debe reconocer que no son alas para elevarse sobre la realidad, sino prótesis. Ésas le permiten moverse, pero también lo limitan. Y en esa tensión, entre la necesidad por comprender y sus limitaciones es donde surge la filosofía.
Finalmente, el filósofo sigue ahí. Caminando de espaldas, con las manos en los bolsillos. Pero la pregunta no es si alguna vez llegará a algún lugar, sino si esas extensiones conceptuales son el modo de acercarse a un mundo que cambia el ritmo de sus crisis sin anticipación. El problema no es si el filósofo logrará mantener el equilibrio sobre los zancos que, a la vez, lo unen y lo separan del mundo, sino en que quizá ya no pueda separarse de ellos porque se han convertido en una forma de estar en el mundo.
Quizás la ironía de El Roto radica en que ya no haga falta equilibristas de la razón, sino pensadores dispuestos a quitarse las prótesis y ensuciarse los pies con la realidad. O en que el filósofo no puede bajarse de los zancos sin dejar de serlo. Las extensiones le permiten cuestionar y ver con la suficiente distancia para ejercer la crítica, pero también debe admitir que ésas no son instrumentos neutrales, sino prótesis que lentamente han deformado su modo de caminar; es decir, que también los zancos son una práctica sobre la cual hay que ejercer una autocrítica permanente.
Tal vez la condena del filósofo, como Sísifo con su piedra y Prometeo con su águila, no sea caminar sobre zancos, sino reconocer que la posición frente al mundo es inevitable, no se trata del gesto romántico de ensuciarse los pies con la realidad, sino de admitir las limitaciones de su arquitectura conceptual. Quizás la filosofía sea eso: el arte de aprender a caminar sobre zancos, pero también la de enseñar a otros a reconocerlos. ¿No es esa, acaso, la tarea crítica de la filosofía?