FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

Los monstruos de la posmodernidad

El pensamiento posmoderno ha agitado espacios recónditos de la cultura, sociedad y civilización que parecían inmodificables frente a toda revisión crítica de la naturaleza y la racionalidad humanas. A la posmodernidad se le puede atribuir el mérito de ahondar incansablemente en esos valores y relaciones que otros filósofos consideraban la fachada indeleble sobre la que iniciar y terminar toda reflexión. Los posmodernos se atrevieron a cavar en rincones no explorados, impulsados por la sospecha: quizá los contenidos que se advierten procedentes de la razón no son más que otra mascarada del poder, una estrategia con la que dominar la diversidad de hombres, mujeres, pueblos, discursos y opiniones.

El descarado atrevimiento de los posmodernos merece –bajo mi criterio– un cuestionamiento severo. Pero seamos conscientes de que ahondar en esos territorios que parecían prohibidos, inexpugnables, o morralla para los verdaderos problemas de la filosofía universal y la humanidad, ha despertado tinieblas que los amigos de la Ilustración creyeron haber despejado. Cobra estupor y zozobra percatarse de que el posmodernismo, de tanto agitar las profundidades en las que se asomaba, se convirtió en víctima de sus propias sospechas. Aquí se puede predicar sin reservas el refrán que dice “la curiosidad mató al gato”. Aunque puede que la sospecha no sea el problema real, sino que el mundo haya aprendido a vivir de manera permanente en la sospecha.  

Mientras veía un vídeo en YouTube de Roxana Kreimer sobre el posmodernismo –no suelo ver todos los vídeos de ella, pero me llamó la atención saber qué perspectiva tenía de la posmodernidad–, pude extraer una lección importante sobre este movimiento: la sospecha condujo a los posmodernos no al escepticismo funcional, actitud cabal para toda investigación científica, sino a un relativismo sin suelo ni techo. Al renegar de los fundamentos anclados a la tradición científica y filosófica, sus investigaciones, sin embargo, se vieron privadas de propuestas concluyentes. La continua sospecha, aunque loable, también contribuyó a ahuyentar cualquier intento de producir discursos normativos. Los posmodernos localizaron con lucidez problemas que pasaban inadvertidos para los intelectuales, pero el estilo crítico con que los abordan suele derivar en la crítica de otra crítica, sin lograr desbloquear esa relatividad en la que queda suspendida su sospecha inicial.

La crítica, puesta boca abajo y boca arriba, constituye aparatos conceptuales vitales para emitir discursos descriptivos bastante sofisticados, aunque sin otro cometido más que seguir ahondando en las sospechas.

El carácter problemático de los asuntos filosóficos demanda soluciones desde la discusión filosófica misma, pero la relativización en que deambula el filósofo posmoderno posterga toda propuesta resolutiva, quizá, por la congoja que trae consigo el absoluto, lo que no es menor, en conformidad con los avisos que da la historia sobre los desastres que conlleva pensar en términos de todo o nada.

Como si el filósofo posmoderno se dijera a sí mismo: “a ver si mi solución implica ejercer un abuso de poder o cualquier imprecisión interpretativa pudiera ser favorable a la tiranía”.

El vídeo de Kreimer en su fase final me decepcionó, cuando la youtuber recurría al esquema de Habermas, en el que se sitúa a los pensadores posmodernos como críticos de la Ilustración al otro extremo de los críticos tradicionalistas. En buena medida, ese esquema habermasiano es demasiado simplista. En él se impone un centro: la ilustración. A partir de ese centro se distribuyen los contrarios al progreso ilustrado, bien por las sospechas que implica, tal como es el caso de los posmodernos, bien por la añoranza de un pasado supuestamente mejor, como sucede con los tradicionalistas.

El pensamiento de los posmodernos está repleto de aristas y matices, de hecho, muchos de sus autores se ven a sí mismos como herederos de la tradición moderna, acentuando la función crítica de la razón iniciada en las críticas de Kant. Para otros posmodernos la Ilustración representa una herencia maldita, abrumados por el poder de destrucción que llegó a alcanzar el desarrollo tecnológico-científico. También hay posmodernos que al enfatizar la disolución del ser humano abrazan corrientes posthumanistas. Se pueden enumerar muchas preocupaciones que atraviesan a los autores posmodernos, lo complicado es ordenar las corrientes que forjan con arreglo al núcleo de pensamiento de la Ilustración. Además, la propia Ilustración fue rica en corrientes y perspectivas, así como heredera de una manera de pensar que se venía gestando ya en el albor de la modernidad. No sabemos si la Ilustración es el culmen de la modernidad o, realmente, su toma de conciencia.

Prefiero quedarme con la segunda opción, puesto que si la Ilustración no hace esa toma de conciencia hubiese sido muy difícil el surgimiento de algo como la posmodernidad. Esto porque los posmodernos dialogan con los problemas generados por el pensamiento moderno, heredándolos, y no disolviéndolos, aunque ello no implique sustantivarlos hasta el punto de hacerlos inaccesibles al cribaje crítico.

Hoy en día no son pocos los que proscriben al posmodernismo, tanto en la filosofía, en las artes como en las ciencias sociales; lo acusan de ser un síntoma de la decadencia civilizatoria occidental, de relativismo desbocado e incluso de verborrea incomprensible, que solo busca el lucimiento retórico mediante giros exotéricos y términos raros incapaces de explicar lo concreto.

De aquí, también se llega a suponer que la posmodernidad es el síntoma de la perversión de los valores que han traído progreso y democracia a la humanidad en la peripecia del mundo moderno. Este tipo de detractores surgen a propósito de toda corriente de pensamiento: ¿qué sería una filosofía sin sus contrincantes? La mayor “monstruosidad” con la que los posmodernos cargan es la acusación de promover el declive civilizatorio occidental, de ser promotor de todo relativismo moral y de las excentricidades de la época. Esta forma tan vehemente de oponerse a una filosofía termina en la exclusión y el rechazo sistemático de cualquier cosa que suene a “posmoderno”. 

Tal grado de vehemencia ha convertido a muchos detractores que enarbolan la bandera de la Ilustración en verdaderos monstruos. No aplican el respetable valor de la tolerancia tan defendido por los ilustrados a quienes simplemente ponen en tela de juicio aspectos que se ven como inamovibles o superados.

También brotan monstruos de las propias tesis del posmodernismo: estos no se esperaban hace veinte años, mucho menos hace cuarenta, cuando aún vivían Foucault o Deleuze. En un mundo marcado por las múltiples crisis que se detonaron a partir de 2008, no solo económicas sino civilizatorias, las formas de precarización, abuso de poder y rechazo a la diversidad han continuado, pero ahora bajo la lupa de una sensibilidad social que se remonta a la crítica que el posmodernismo elabora del poder y de las racionalidades institucionales impuestas en la práctica. Las denuncias y críticas posmodernas han operado como un cauce para sacar a la luz desmesuras del poder político, económico, científico-académico, comunicativo, deportivo y cultural. Aunque, también en este contexto de denuncia, se han enarbolado violencias de los supuestos vulnerables hacia todos los que cuestionan o simplemente tratan de deliberar sobre algunas de sus reivindicaciones. Me estoy refiriendo particularmente  a algunos integrantes, o militantes, de los movimientos Woke (término que procede del inglés “despierto”).

No sería justo integrar a todos los Woke en una misma categoría, sería simplificar el movimiento hasta el prejuicio. Lo que sí cabe poner de relieve es el moralismo mediante el que, en más de un caso, ciertos activistas Woke excusan actitudes hostiles y agresivas en nombre de la resistencia, ante la necesidad que ven en salvaguardar las vulnerabilidades históricas, lo que lleva aparejado un modus operandi rayano en la intolerancia frente a ciertos grupos considerados “opresores”, “dominantes” o “privilegiados”. Esta forma de predicar y actuar, en nombre de la diversidad, complejidad, relatividad y sospecha en la que trabajaron los pensadores posmodernos, desdibuja las verdaderas formas de estos pensadores: sospechar para superar los límites del conocimiento instituido, criticar desde una interpretación de la facticidad, fluir en medio de la complejidad y relatividad de los asuntos reconociendo la propia provisionalidad del lenguaje.

Mientras, los Woke han hecho de la sospecha un medio para fragmentar la evidencia, la crítica deja de emitirse desde el discurso y pasa a ser una proclama guerrera, suponiendo que criticar consiste únicamente en “ir en contra de”, así como se relativizan los hechos y los conceptos solo a medida de intereses lobistas. A menudo, se tiende a culpabilizar al que no admite o cuestiona alguna proclama Woke. Si aplicamos la óptica Nietzscheana, esta manera de actuar es un clásico de la “moral de rebaño”, ya que recurre a la culpa para combatir cualquier oposición. La interiorización de la culpa de los supuestos agresores, para anularlos, en vez de para ayudar a comprender o crear formas de empoderamiento, es un recurso moralista habitual en ciertas expresiones del activismo Woke. Así, emerge una moral resuelta a expiar culpas, constituir culpables y articular dispositivos de represión. Estos monstruos que surgen a tenor de la posmodernidad son su resultado imprevisto.

Pero junto a algunos de estos monstruos, incontrolables para la brújula de pensamiento posmoderna, van erigiéndose otros enemigos más implacables: tradicionalistas de nuevo cuño y extremistas de derecha que no dudan en acusar al movimiento Woke de degeneración y perversión de los valores, junto al posmodernismo. Estos tradicionalistas ideológicos o filosóficos también denuncian su inseguridad ante una sociedad manipulada e injustamente redireccionada por la “justicia social”. Junto al clima de confrontación y precariedad presentes, esta llamada “batalla cultural” causa estragos tanto en el proyecto moderno ilustrado como en el no-declarado “proyecto posmodernista”. El resultado de la batalla cultural, en cualquiera de los casos, es la tensión de los espacios sociales y culturales hasta el punto de fanatizar a las multitudes. La polarización producida no es fruto de la filosofía posmoderna, la cual, más bien, trató de explicar la estructura subyacente a las confrontaciones sociales merced a las correlaciones de poder y resistencia, sin poner en el centro lo ideológico. Tampoco la crisis de valores es producto de la posmodernidad, sino de desajustes causados en el seno económico, político y estratégico del mundo actual. El wokismo no surge de la nada, obviamente, recoge de la sospecha y críticas de ciertas corrientes posmodernas su eje reivindicativo y activista. Lo que no está del todo mal. Pero es en la adopción dogmática de sus presupuestos provisionales donde surgen monstruos que abren la puerta a otros monstruos. Unos influidos por el horizonte de una hiperdiversidad prometida, otros abanderando una conservación a ultranza de principios e identidades que consideran originarias e incompatibles con la pluralidad.    

En medio de esta afrenta entre monstruosidades emergentes desde las sombras que la posmodernidad no alcanzó a anticipar, la búsqueda de consenso se ha vuelto un atavismo. Acertaba Lyotard en la Condición posmoderna cuando le daba carpetazo a la pretensión de Habermas de establecer un consenso universal que acogiera discursos con pretensiones de legitimidad universal, imposible según Lyotard en un mundo infectado por intereses ideológicos que se emiten al margen de los enunciados de la ciencia. Lo que deja Lyotard como posible solución es la justicia como criterio pragmático, es decir, no fundamentada en consensos sino en prácticas. Puede que esta solución sea insuficiente, puesto que apelar a la práctica para articular consensos corre el riesgo de omitir potencialidades no inscritas en las acciones adoptadas.

Sin pretensión de prescribir, sin ni siquiera ofrecer una hipótesis sobre qué hacer respecto al vértigo del mundo actual, el cual supera a la modernidad y a la posmodernidad, es más preciso seguir sospechando y no renunciar a la escucha de las razones de discursos y actos, al menos para extraer un mínimo de criterios que avizoren una racionalidad aún por construir.